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El cerro del Toro y la minería de la Kura de Ilbira (Granada-Almería)* Por José Mª MARTÍN CIVANTOS.

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El trabajo que ahora presentamos no es sino una primera aproximación al desarrollo histórico del Sureste de la Península Ibérica en los siglos altomedievales a través del análisis de la actividad minera

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El trabajo que ahora presentamos no es sino una primera aproximación al desarrollo histórico del Sureste de la Península Ibérica en los siglos altomedievales a través del análisis de la actividad minera. El ámbito de estudio es el que se conocerá en época emiral y califal como la Kura de Ilbira, que abarca prácticamente las provincias de Granada y Almería (1). Para ello partimos de la experiencia acumulada en la investigación de nuestra tesis doctoral sobre el Zenete (Granada) (2), comarca situada en la cara Norte de Sierra Nevada, y en la redacción del proyecto de parque geominero del Cerro del Toro, promovido por el Excmo. Ayuntamiento de Motril (Granada). Como advertimos, no se trata de un trabajo finalizado sino todo lo contrario. La complejidad del tema y la necesaria lentitud del ritmo impuesto por la investigación arqueológica, hacen que en buena medida nos limitemos a plantear hipótesis de trabajo futuro.

Sin duda, las provincias de Granada y Almería pueden ser consideradas como una importante región minera a la altura de otras del resto del territorio peninsular. No obstante, su desarrollo a gran escala no se producirá hasta el s. XIX y en algunos casos el comienzo del XX (3). Efectivamente, tendrá lugar entonces lo que se ha llegado a denominar como “fiebre minera”, especialmente ligada a la plata, al plomo y al hierro, pero también al cobre e incluso al oro. Esta explosión tendrá lugar en un contexto geológico complejo, el de las Sierras Béticas (4), de cuya estructura y mineralizaciones no hablaremos en esta ocasión.

El desarrollo de la minería y la metalurgia en esta zona será temprano. Sin embargo, a partir de la documentación de la presencia púnica en las costas peninsulares, el centro de la actividad irá basculando claramente hacia el Oeste, hacia Tartessos (5), incluyendo toda Sierra Morena hasta Cástulo (Linares, Jaén), aunque tendrá otro importante hito en el Levante, en Cartagena.

Más claramente puede verse en el Zenete, una zona minera donde el poblamiento ibérico está en relación con la actividad extractiva y metalúrgica (6). Estos asentamientos se abandonan a finales del s. II a.C. como efecto de la conquista romana y la introducción de los primeros cambios en el poblamiento. La creación en época cesariana de la colonia de Acci (Guadix), supondrá una reordenación del territorio que afectó de manera definitiva a la actividad minera con el abandono del único yacimiento todavía activo. Estos cambios son parejos al proceso de romanización y vendrían a demostrar el escaso interés que despierta la minería del Zenete para Roma frente a otras regiones hispánicas de mucha mayor importancia. No podemos asegurar sin embargo, que la tradición minera llegara a perderse completamente, sobre todo porque la posterior reactivación de la producción parece ser, especialmente en el caso de la metalurgia, una continuidad de la etapa anterior.

La crisis del s. III d.C. afectará a buena parte de las minas de Hispania. Se abandonarán entonces las explotaciones auríferas del Noroeste. Muchas no sobrevivirán a la primera mitad del s. IV. Desde este momento el volumen de producción caerá de manera espectacular y algunos metales como el oro y el estaño dejarán de beneficiarse. La minería se volverá a circunscribir a la zona Sur de la Península, pero de manera más dispersa y difusa hasta la caída del Imperio (7). La definitiva crisis de Roma afectará de manera clara a una minería en gran medida dependiente del Estado. Así se explica la práctica paralización en zonas tan importantes como la de Riotinto (Huelva) en el s. V (8).

Curiosamente, este abandono de las grandes explotaciones viene a coincidir con el resurgir de la minería y la metalurgia en el Zenete y en general en toda la cara Norte de Sierra Nevada (9). Durante la Antigüedad tardía y la Alta Edad Media se producirá una reactivación de la extracción y la metalurgia con el surgimiento en los ss. V-VI de nuevos talleres, algunos junto a las zonas de explotación, pero otros algo más alejados, situados en el llano. Este hecho plantea algunos interrogantes difíciles de responder.

Evidentemente, el carácter de estas explotaciones no es el mismo que el que se desarrollara en época ibérica y no responde tampoco a los sistemas de producción romanos. En un momento de descomposición de las estructuras antiguas, la extracción de mineral y su transformación deberán tener un significado bien distinto. La proliferación de talleres más o menos importantes supone una dispersión de la producción y una aparente falta de control ya sea estatal o particular, ejercido por algún dominus o señor. Sin embargo, el tamaño de estas fundiciones excede con toda seguridad las necesidades locales, por lo que una parte del metal debería salir al exterior. Debemos tener en cuenta además, que en Ferreira era hierro lo que se beneficiaba, pero en Jérez y Lanteira se explotarían también el cobre y la plata que estan obviamente destinados al mercado.Pero la explotación en época tardorromana, como decimos, parece ser en parte una continuación de la tradición anterior. Se seguirán aprovechando las mismas vetas a partir de la infraestructura heredada de época ibérica. Posiblemente los trabajos no se hubieran interrumpido nunca gracias a la acción de los rebuscadores existentes a lo largo de todos los períodos preindustriales. Presumiblemente, la extracción se realizaría entonces desde los pozos y galerías ya abiertos, pero siguiendo ahora el filón de manera irregular a través de pequeñas cavidades que intentan aprovechar solamente las masas mineralizadas, sin sistemas de entibación o desagüe. Así ocurre también durante la Alta Edad Media en otras zonas de Europa como la Toscana (10).

Tecnológicamente supone un retroceso importante que, como en otras muchas esferas económicas, no es más que el resultado de la adaptación a las nuevas condiciones sociales creadas con la crisis del Mundo Antiguo. Este sistema de trabajo permite la extracción de cantidades pequeñas de mineral sin necesidad de realizar una inversión ni en trabajo ni en dinero. Sería desarrollado seguramente por campesinos como complemento de la actividad agrícola o ganadera, de manera más o menos organizada o coordinada y sin necesidad de que intervenga ninguna autoridad exterior estatal o señorial.

Esta continuidad aparente se refleja también en la metalurgia. En el examen superficial de los restos de hornos omega replica y escorias no hay diferencia aparente entre las técnicas de transformación del mineral en los yacimientos reocupados. Del mismo tipo que los hallados en estos parecen ser los hornos de otras zonas de fundición creadas ex novo. De nuevo, a falta de excavaciones sistemáticas resulta imposible profundizar más allá de lo expuesto.

La conquista árabo-beréber no supone una crisis ni un hito en la evolución y organización de la producción que continúa marcada por la proliferación de centros dispersos de mediano tamaño y una atomización de las labores de extracción y transformación del mineral. Continúan ocupados la mayoría de los asentamientos anteriores aunque aparecen otros nuevos (11). No hay, en principio, un desarrollo tecnológico ni cambios en la producción en época emiral.
No obstante, la proliferación de centros productores de metal pone de manifiesto el problema de las relaciones entre la población indígena, que ha venido desarrollando esta actividad al menos desde los ss. V-VI, y las gentes venidas desde Oriente y el Magreb a partir del 711. Pero la actividad minera también se verá afectada por el proceso de formación del Estado Islámico. De hecho, el de la metalurgia es un sector estratégico sin el que el propio Estado difícilmente puede subsistir. La moneda y el ejército son dos pilares fundamentales basados en los metales. Es por ello que los emires tratarán de controlar esta actividad desde una época muy temprana.

En este sentido creemos que debe de interpretarse el aman o carta de seguro concedida a los dimíes de Ilbira en el año 758 por ‘Abd al-Rahman I, por causa de la ayuda prestada por estos al anterior emir Yusuf al-Fihri. Según este documento ellos se comprometían a mantener la seguridad y la paz y a pagar “anualmente diez mil onzas de oro, diez mil libras de plata, diez mil de los mejores caballos y otro tanto de mulas, con diez mil armaduras, mil cascos de hierro y mil lanzas, todo esto para un periodo de cinco años” (12). A nuestro juicio, este nuevo pacto es un temprano intento de controlar o fiscalizar la producción minera y metalúrgica de la cora, que en el Zenete está dispersa y en parte asociada a los asentamientos de altura. Durante los gobiernos de al- Æakam I y ‘Abd al-Rahman II (796-852) el Estado ingresará “procedente de las minas” de Ilbira 42.000 dinares (13). Sin duda es una cantidad nada despreciable que muestra el interés de controlar este sector.

Sobre el caso concreto de Ilbira, además de los testimonios anteriores contamos con la descripción del geógrafo e historiador al-Razi (888-955), que destaca la riqueza minera de esta región donde, según el, “…ay venero de oro e de plata e de plomo e de cobre e de fierro. E en su termino ay un logar que llaman Salonbino, e ay alli el venero del atutia, aquella que llaman alba?ete, e el venero ha nombre Paten e viua” (14).

La cora de Ilbira se configura así, entre los ss. VIII-X, como un centro productor importante. Esta situación resulta extremadamente llamativa y significativa si la comparamos con la de épocas anteriores de mayor “esplendor” de la minería en la Península Ibérica. Como decimos, la estructura productiva minera en época tardorromana y altomedieval no es sino reflejo y una consecuencia de la propia crisis y desestructuración del Imperio Romano. Solo así se entiende el “abandono” de zonas tradicionalmente importantes en su producción y el resurgimiento de otros territorios que desde la conquista romana habían pasado a ocupar un lugar muy secundario o simplemente habían sido abandonados. Esta estructura estará caracterizada especialmente por una atomización y dispersión de la producción.

El trabajo que ahora presentamos no es sino una primera aproximación al desarrollo histórico del Sureste de la Península Ibérica en los siglos altomedievales a través del análisis de la actividad minera. El ámbito de estudio es el que se conocerá en época emiral y califal como la Kura de Ilbira, que abarca prácticamente las provincias de Granada y Almería (1). Para ello partimos de la experiencia acumulada en la investigación de nuestra tesis doctoral sobre el Zenete (Granada) (2), comarca situada en la cara Norte de Sierra Nevada, y en la redacción del proyecto de parque geominero del Cerro del Toro, promovido por el Excmo. Ayuntamiento de Motril (Granada). Como advertimos, no se trata de un trabajo finalizado sino todo lo contrario. La complejidad del tema y la necesaria lentitud del ritmo impuesto por la investigación arqueológica, hacen que en buena medida nos limitemos a plantear hipótesis de trabajo futuro.

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Sin duda, las provincias de Granada y Almería pueden ser consideradas como una importante región minera a la altura de otras del resto del territorio peninsular. No obstante, su desarrollo a gran escala no se producirá hasta el s. XIX y en algunos casos el comienzo del XX (3). Efectivamente, tendrá lugar entonces lo que se ha llegado a denominar como “fiebre minera”, especialmente ligada a la plata, al plomo y al hierro, pero también al cobre e incluso al oro. Esta explosión tendrá lugar en un contexto geológico complejo, el de las Sierras Béticas (4), de cuya estructura y mineralizaciones no hablaremos en esta ocasión.

El desarrollo de la minería y la metalurgia en esta zona será temprano. Sin embargo, a partir de la documentación de la presencia púnica en las costas peninsulares, el centro de la actividad irá basculando claramente hacia el Oeste, hacia Tartessos (5), incluyendo toda Sierra Morena hasta Cástulo (Linares, Jaén), aunque tendrá otro importante hito en el Levante, en Cartagena.

Más claramente puede verse en el Zenete, una zona minera donde el poblamiento ibérico está en relación con la actividad extractiva y metalúrgica (6). Estos asentamientos se abandonan a finales del s. II a.C. como efecto de la conquista romana y la introducción de los primeros cambios en el poblamiento. La creación en época cesariana de la colonia de Acci (Guadix), supondrá una reordenación del territorio que afectó de manera definitiva a la actividad minera con el abandono del único yacimiento todavía activo. Estos cambios son parejos al proceso de romanización y vendrían a demostrar el escaso interés que despierta la minería del Zenete para Roma frente a otras regiones hispánicas de mucha mayor importancia. No podemos asegurar sin embargo, que la tradición minera llegara a perderse completamente, sobre todo porque la posterior reactivación de la producción parece ser, especialmente en el caso de la metalurgia, una continuidad de la etapa anterior.

La crisis del s. III d.C. afectará a buena parte de las minas de Hispania. Se abandonarán entonces las explotaciones auríferas del Noroeste. Muchas no sobrevivirán a la primera mitad del s. IV. Desde este momento el volumen de producción caerá de manera espectacular y algunos metales como el oro y el estaño dejarán de beneficiarse. La minería se volverá a circunscribir a la zona Sur de la Península, pero de manera más dispersa y difusa hasta la caída del Imperio (7). La definitiva crisis de Roma afectará de manera clara a una minería en gran medida dependiente del Estado. Así se explica la práctica paralización en zonas tan importantes como la de Riotinto (Huelva) en el s. V (8).

Curiosamente, este abandono de las grandes explotaciones viene a coincidir con el resurgir de la minería y la metalurgia en el Zenete y en general en toda la cara Norte de Sierra Nevada (9). Durante la Antigüedad tardía y la Alta Edad Media se producirá una reactivación de la extracción y la metalurgia con el surgimiento en los ss. V-VI de nuevos talleres, algunos junto a las zonas de explotación, pero otros algo más alejados, situados en el llano. Este hecho plantea algunos interrogantes difíciles de responder.

Evidentemente, el carácter de estas explotaciones no es el mismo que el que se desarrollara en época ibérica y no responde tampoco a los sistemas de producción romanos. En un momento de descomposición de las estructuras antiguas, la extracción de mineral y su transformación deberán tener un significado bien distinto. La proliferación de talleres más o menos importantes supone una dispersión de la producción y una aparente falta de control ya sea estatal o particular, ejercido por algún dominus o señor. Sin embargo, el tamaño de estas fundiciones excede con toda seguridad las necesidades locales, por lo que una parte del metal debería salir al exterior. Debemos tener en cuenta además, que en Ferreira era hierro lo que se beneficiaba, pero en Jérez y Lanteira se explotarían también el cobre y la plata que estan obviamente destinados al mercado.

Pero la explotación en época tardorromana, como decimos, parece ser en parte una continuación de la tradición anterior. Se seguirán aprovechando las mismas vetas a partir de la infraestructura heredada de época ibérica. Posiblemente los trabajos no se hubieran interrumpido nunca gracias a la acción de los rebuscadores existentes a lo largo de todos los períodos preindustriales. Presumiblemente, la extracción se realizaría entonces desde los pozos y galerías ya abiertos, pero siguiendo ahora el filón de manera irregular a través de pequeñas cavidades que intentan aprovechar solamente las masas mineralizadas, sin sistemas de entibación o desagüe. Así ocurre también durante la Alta Edad Media en otras zonas de Europa como la Toscana (10).

Tecnológicamente supone un retroceso importante que, como en otras muchas esferas económicas, no es más que el resultado de la adaptación a las nuevas condiciones sociales creadas con la crisis del Mundo Antiguo. Este sistema de trabajo permite la extracción de cantidades pequeñas de mineral sin necesidad de realizar una inversión ni en trabajo ni en dinero. Sería desarrollado seguramente por campesinos como complemento de la actividad agrícola o ganadera, de manera más o menos organizada o coordinada y sin necesidad de que intervenga ninguna autoridad exterior estatal o señorial.

Esta continuidad aparente se refleja también en la metalurgia. En el examen superficial de los restos de hornos omega replica y escorias no hay diferencia aparente entre las técnicas de transformación del mineral en los yacimientos reocupados. Del mismo tipo que los hallados en estos parecen ser los hornos de otras zonas de fundición creadas ex novo. De nuevo, a falta de excavaciones sistemáticas resulta imposible profundizar más allá de lo expuesto.

La conquista árabo-beréber no supone una crisis ni un hito en la evolución y organización de la producción que continúa marcada por la proliferación de centros dispersos de mediano tamaño y una atomización de las labores de extracción y transformación del mineral. Continúan ocupados la mayoría de los asentamientos anteriores aunque aparecen otros nuevos (11). No hay, en principio, un desarrollo tecnológico ni cambios en la producción en época emiral.
No obstante, la proliferación de centros productores de metal pone de manifiesto el problema de las relaciones entre la población indígena, que ha venido desarrollando esta actividad al menos desde los ss. V-VI, y las gentes venidas desde Oriente y el Magreb a partir del 711. Pero la actividad minera también se verá afectada por el proceso de formación del Estado Islámico. De hecho, el de la metalurgia es un sector estratégico sin el que el propio Estado difícilmente puede subsistir. La moneda y el ejército son dos pilares fundamentales basados en los metales. Es por ello que los emires tratarán de controlar esta actividad desde una época muy temprana.

En este sentido creemos que debe de interpretarse el aman o carta de seguro concedida a los dimíes de Ilbira en el año 758 por ‘Abd al-Rahman I, por causa de la ayuda prestada por estos al anterior emir Yusuf al-Fihri. Según este documento ellos se comprometían a mantener la seguridad y la paz y a pagar “anualmente diez mil onzas de oro, diez mil libras de plata, diez mil de los mejores caballos y otro tanto de mulas, con diez mil armaduras, mil cascos de hierro y mil lanzas, todo esto para un periodo de cinco años” (12). A nuestro juicio, este nuevo pacto es un temprano intento de controlar o fiscalizar la producción minera y metalúrgica de la cora, que en el Zenete está dispersa y en parte asociada a los asentamientos de altura. Durante los gobiernos de al- Æakam I y ‘Abd al-Rahman II (796-852) el Estado ingresará “procedente de las minas” de Ilbira 42.000 dinares (13). Sin duda es una cantidad nada despreciable que muestra el interés de controlar este sector.

Sobre el caso concreto de Ilbira, además de los testimonios anteriores contamos con la descripción del geógrafo e historiador al-Razi (888-955), que destaca la riqueza minera de esta región donde, según el, “…ay venero de oro e de plata e de plomo e de cobre e de fierro. E en su termino ay un logar que llaman Salonbino, e ay alli el venero del atutia, aquella que llaman alba?ete, e el venero ha nombre Paten e viua” (14).

La cora de Ilbira se configura así, entre los ss. VIII-X, como un centro productor importante. Esta situación resulta extremadamente llamativa y significativa si la comparamos con la de épocas anteriores de mayor “esplendor” de la minería en la Península Ibérica. Como decimos, la estructura productiva minera en época tardorromana y altomedieval no es sino reflejo y una consecuencia de la propia crisis y desestructuración del Imperio Romano. Solo así se entiende el “abandono” de zonas tradicionalmente importantes en su producción y el resurgimiento de otros territorios que desde la conquista romana habían pasado a ocupar un lugar muy secundario o simplemente habían sido abandonados. Esta estructura estará caracterizada especialmente por una atomización y dispersión de la producción.

Dejando de lado las primeras menciones, nos interesa ahora centrarnos en la referencia a la existencia de un yacimiento de atutia cercano a Salonbino (Salobreña, Granada), que lleva por nombre Paten e viua (15). La interpretación de las versiones de los distintos manuscritos ha dejado claro que, efectivamente, se trata de la alquería de Ba™arna, en el alfoz de la ciudad de Salobreña. Batarna fue identificada con el importante yacimiento de El Maraute (Torre Nueva, Motril), ocupado desde mediados del s. X hasta comienzos del XII, y que ha sido objeto de varias excavaciones de urgencia desde el año 1986 (16). El mineral al que se refiere la crónica, la atutía, es una castellanización del árabe al-tutiya’, cuya traducción más usual es la de zinc. La mención de al-Bakri es quizás más explícita. Afirma este autor del s. XI que “los minerales de zinc de calidad se dan en la costa de Elvira, en la población llamada Paterna (“Batarna”); es el zinc más puro y más fuerte en la manufactura del cobre. Los montes de Córdoba tienen zinc, que no es como el de Paterna”. Este yacimiento minero es citado también por al-Idrisi (s. XII), al-Yaqut (ss. XII-XIII), Ibn Galib y al-Himyari (s.XIV). El zinc, como dice al-Bakri, se empleaba fundamentalmente en aleación con el cobre para la fabricación del latón, del árabe latun (17).

En las cercanías de este asentamiento se encuentran, efectivamente, las minas del Cerro del Toro (18), donde se beneficiaba la blenda o esfalerita, la principal mena de zinc. Se localiza en las estribaciones occidentales de la Sierra del Jaral, al Norte de Motril (Granada) y próximo a su área urbana. Es un promontorio de forma prácticamente cónica, con laderas bastante pronunciadas en todo su contorno, salvo por el Este, donde se desarrolla una gran pared rocosa sobre el barranco de las Provincias. Además del cerro propiamente dicho, destaca un saliente situado al Sureste formando una pequeña meseta alargada. Aunque su perfil sobresale dentro del horizonte montañoso que bordea la parte central de la vega de Motril, su altitud, 318 m sobre el nivel del mar, se sitúa por debajo de otras cumbres cercanas más septentrionales. Está rodeado por varios cursos de agua que desembocan en la misma ciudad, destacando el barranco de las Provincias al Este.

El acceso a este cerro se puede realizar a través de un camino que parte del antiguo trazado de la carretera N-323, nada más dejar las últimas edificaciones de Motril, que lleva hasta el Cortijo de la Nacla y desemboca en la carretera del canal de la cota 100. El paisaje de su entorno está marcado por el contacto entre un conjunto de montañas configurado por las alineaciones occidentales de la Sierra del Jaral, y la llanura de Motril. Desde un punto de vista litológico destaca el predominio de materiales silíceos, abundando las filitas y cuarcitas en el área que se desarrolla al Norte y Este, mientras que el macizo montañoso que cierra la vega hacia el Oeste, incluyendo el cercano Cerro Gordo, constituye un dominio casi absoluto de los esquistos. La zona de la vega, por su parte, está formada por depósitos de gravas y arenas cuaternarias. No obstante, el medio de montaña no es homogéneo, siendo posible observar importantes intercalaciones de calizas y dolomías que emergen a la superficie. Dejando aparte algunas otras situadas al interior, en la zona de contacto con el macizo la Sierra de Lújar, la masa calcárea más importante se localiza precisamente en el mismo Cerro del Toro y en el Cerro de Las Provincias. Este hecho es de una especial relevancia, pues se trata de zonas de mineralización, donde destaca la presencia de galena y blenda (19).

En la actualidad el entorno se encuentra enormemente transformado. Sobresalen especialmente los efectos de los invernaderos, que se extienden por toda la parte baja y que han provocado importantes desmontes. Pero también comienza a sentirse el empuje urbanístico de Motril, especialmente alrededor del Cortijo de La Nacla,. Este paisaje contrasta con la gran superficie de bosque de pinos repoblados en la zona montañosa situada al Norte. El propio cerro se vio alterado por la actividad minera con la apertura de una corta a cielo abierto que fue abandonada a mediados de 1979. Estaba dedicada a la extracción de los mencionados minerales, principalmente la blenda. La transformación de la zona inferior de la ladera ha consistido en la realización de varios cortes transversales, seguramente destinados a facilitar el acceso de maquinaria pesada a la mina, pero también con motivo de la repoblación forestal.

La explotación moderna del yacimiento tuvo lugar en los años 70 a través de la concesión denominada Pepita. En este periodo se desarrolló un laboreo fundamentalmente de interior en dos niveles diferentes (Pepita 1 a 196 m y Pepita 2 a 157 m), que atacaban la zona mineralizada a través de dos galerías practicadas en la vertiente Sur del cerro. Pero como decimos, también se abrió una cantera en la parte superior, que seguramente beneficiaba la parte superficial de la zona mineralizada tal y como puede apreciarse en el esquema geológico. Posiblemente sea esta la última fase de los trabajos aprovechando ya la presencia de la maquinaria pesada y con la expectativa de abaratar costes frente a la explotación subterránea. Los estratos mineralizados de dolomías se atacaban desde la parte alta agotándolos, con la posibilidad además de aprovechar los estériles como grava. Los trabajos no obstante, cesaron.

Es aquí precisamente donde se localizan labores de extracción más antiguas. Aquí el mineral debía aflorar en superficie, lo que propiciaría en primer lugar, su reconocimiento y, después, la primera explotación. No podemos en cambio determinar si la primera fase de los trabajos se realizaría a cielo abierto para luego profundizar mediante pozos y galerías subterráneas.

En cualquier caso es esta, la parte superior, la de más compleja interpretación. La corta a cielo abierto ha roto parte de estas labores antiguas. No obstante, aún son visibles algunas bocas de mina, alguna de ellas no demasiado afectada. Desde el interior de Pepita 1 también es visible alguna zona de explotación que pudiera ser antigua. Se trata de algunos restos de galerías de forma irregular situados en la zona bajo la misma cantera y que han quedado colgados en una gran cámara de explotación que tiene salida por el lado Este del cerro. El nivel de Pepita 1 es mucho más bajo, pero seguramente en este punto se localizara una gran masa mineralizada que ascendía hasta la cota de las explotaciones anteriores. Estas labores se representan en uno de los perfiles de la explotación conservados a la cota 246 m. Sin embargo el plano no tiene fecha. De hecho, parece tratarse de la representación de una fase todavía temprana de la explotación porque en ella se reflejan los sondeos realizados a lo largo de la galería principal pero que aún no habían extraído mineral y se proyectaba la creación de un plano inclinado que descendía hasta la cota 100 que no llegó a realizarse. Tampoco podemos descartar que en época contemporánea se realizara una primera explotación, tal vez de modo prospectivo, en la parte más elevada. No obstante, esta posibilidad podría resultar más complicada teniendo en cuenta las dificultades de acceso a la zona alta para el transporte de la maquinaria y la evacuación del mineral y los estériles. Es este seguramente el motivo por el que las labores se emprendieron primero desde la cota 196 y posteriormente incluso desde un nivel más bajo, el 157. De hecho, como acabamos de decir, el mineral de la parte más alta se atacó desde abajo, dejando colgadas en el techo de una de las cámaras las labores anteriores. Además, en el mencionado perfil las galerías de la cota 246 se representan con línea discontinua, lo cual podría querer indicar que ya estaban en desuso o que, sencillamente, eran antiguas.

En algunos lugares pueden apreciarse las huellas de trabajo con punteros, pero este extremo no se podrá comprobar hasta que no se realicen las tareas de acondicionamiento de la mina para el parque, ya que su estudio requiere unas medidas de seguridad adicionales. A nuestro juicio, serían estas las labores que deberíamos identificar como medievales. Si bien no todas necesariamente han de serlo, es probable que así sea debido a las especiales características del zinc que a continuación veremos. En cualquier caso estas no llegaron a alcanzar nunca la cota 196, la de la Pepita 1, al menos hasta donde hemos podido comprobar o hasta donde se han conservado los restos.

En la cima del cerro, un reducido espacio de forma elíptica con apenas 90 m de longitud máxima en su eje Norte-Sur, se localizaron varios restos cerámicos de época altomedieval (20). No se han encontrado sin embargo, por el momento, estructuras constructivas que se puedan adscribir a la ocupación medieval de este lugar. Tanto por sus dimensiones como por lo escarpado del lugar no creemos que se trate de un espacio de asentamiento estable. Por su situación podría pensarse que está en clara relación con la actividad minera y su cronología coincide además con la del período de explotación documentado en los textos. Sin embargo también podría haber servido como lugar de refugio en algún momento, especialmente durante la fitna del s. IX.

A pesar de lo fragmentario de la cerámica, algunas piezas pueden ser datadas con mayor seguridad. Se trata de una marmita hecha a mano, de cocción reductora en el interior y roja en el exterior, con abundante desgrasante grueso de mica y un mamelón horizontal para asirla. Aunque su cronología es amplia, es seguro que se trata de una pieza altomedieval cuya pervivencia se prolonga hasta el s. X. Más ajustadas son las fechas de otra marmita (ss. IX-XI) a torno, de pasta rojiza y desgrasante medio de mica y cuarzo, con engobe en el interior y el exterior. El borde está ligeramente exvasado y el labio es redondo. Otra pieza de igual cronología es un anafe fabricado a torneta, de cocción reductora en el interior y oxidante en el exterior, con abundante desgrasante grueso de mica y cuarzo. Las paredes son rectas y exvasadas y el borde engrosado para el apoyo de las piezas de cocina.

Además de estos se han localizado otros fragmentos de forma y cronología más incierta, pero que podrían encajar sin problemas en el período referido. Se trata de dos fragmentos de base plana con paredes rectas exvasadas, realizados a torno o torneta, de cocción reductora en el interior y oxidante en el exterior y desgrasante grueso de mica y cuarzo. Por último, una base de posible fecha tardorromana, realizada a torno con una pasta de color pardo, y el hallazgo de un ejemplar perteneciente a una tinaja con decoración estampillada, es decir, posterior al s. XII, abren la posibilidad de un abanico cronológico más amplio, más allá del fijado para la ocupación de la alquería de Batarna.

Efectivamente, las excavaciones realizadas en el Maraute (Torrenueva, Motril, Granada) han mostrado una ocupación de la alquería de Batarna fechada entre los ss. X y XI, aunque se detecta un primer asentamiento de época emiral (s. IX). El abandono se produce a partir del s. XI, prolongándose durante la centuria siguiente. Aparentemente no hay continuidad entre el precedente asentamiento romano, amortizado en el s. IV, y el andalusí, aunque el topónimo sigue siendo latino. Realmente la transformación sufrida por el territorio creemos no ha permitido saber por el momento que ocurre en ese periodo intermedio. Como ya demostrara A. Gómez, la zona de la costa parece abandonarse a favor de asentamientos del interior, más aislados y protegidos (21), pero no creemos que el cerro del Toro fuera un establecimiento permanente a pesar de la presencia de algún fragmento de cerámica que pudiera ser anterior a época emiral. Difícil sería afirmar que hubo una explotación del yacimiento minero anterior al s. IX, e incluso anterior al califato. La diferencia, como veremos, no es en absoluto baladí.

De hecho, en las fuentes clásicas se menciona la calamina (hemimorfita), mineral de zinc que en aleación con el cobre forma el oricalco o latón, pero cuya explotación no está documentada en Hispania (22). El zinc no era posible obtenerlo en forma metálica. Su punto de fusión es de tan solo 450º C y el de ebullición de 923º C, una temperatura mucho más baja que la de cualquier otro metal. Para reducirlo, la mena necesita ser calentada en contacto con el carbón a 1000º C., pero a esa temperatura el zinc se volatiliza en forma de vapor que posteriormente requiere una especial precaución antes de poder ser condensado. El oricalco se obtenía entonces mezclando la hemimorfita (ZnCO3) con carbón y el cobre metálico granulado. Después era calentado en un crisol a 950-1000º C para reducir el zinc de la calamina en vapor que era absorbido por los gránulos sólidos de cobre. La temperatura entonces se elevaba hasta que la aleación de cobre y zinc se fundía. La adición de zinc en un 20% hace que el punto de fusión del cobre descienda desde los 1083º C a los 1000º C. Antes del periodo romano seguramente se fundían al mismo tiempo los minerales de cobre y zinc. En época romana la técnica de añadir la calamina junto con el cobre metálico fue comprendida y seguramente fue el único método empleado. Pero de esta manera no es fácil realizar un control sobre la composición de la aleación como se hacía, por ejemplo, con el estaño, que entonces ya se utilizaba en forma metálica (23).

La primera atestación que tenemos de la producción de zinc como un metal proviene de China, de la dinastía Ming, en una fecha entre el 200 a.C. y el 200 d.C. En India, en Zawar, cerca de Udaipur (Rajasthan), se ha documentado una importante producción entre los ss. X y XVI. Las siguientes menciones conocidas son del s. XIV y se refieren a Irán: La primera es de Marco Polo, que en sus viajes habla de la producción de óxido de zinc, llamado “tutty”, cerca de Kerman, al Este del país. La segunda es de 1340 y describe de manera algo más detallada el proceso de fabricación mediante la formación de barras de mineral que posteriormente eran reducidas a oxido (ZnO) en una especie de condensador en la parte alta del horno. El óxido de zinc se utilizaba para tratar enfermedades oculares, pero la enorme cantidad de estas barras localizadas en Deh Qualeh, al Norte de Kerman obliga a pensar que la mayor parte se utilizó para fabricar el metal (24).

En Occidente, el zinc en forma metálica no se fabricará hasta el s. XVIII (25). Las minas de atutía (blenda) del Cerro del Toro podrían constituir la primera atestación del uso del zinc en forma metálica en Europa en una época tan temprana como los ss. IX y X. Las consecuencias son interesantes, no solo desde un punto de vista tecnológico, sino sobre todo social. Esto querría decir que son gentes venidas de Oriente las que traen este conocimiento —posiblemente de la India—, como también de allí se trae el alfinde (del árabe al-hindi, literalmente el “hindú”), una técnica de trabajo del hierro documentada en el s. X y que consiste en acerar la superficie de una pieza mediante el martilleo y la sucesión de cambios de enfriamiento y calentamiento(26). Supondría además que son gentes venidas de fuera las que realizan la explotación de este yacimiento, es decir, que no entran dentro de la tradición minera que arranca desde época tardorromana. Por último, significaría que, de fabricarse el zinc como metal, dada su rareza, seguramente sería objeto de un comercio que justifica las numerosas menciones de los geógrafos árabes.

Como ya hemos dicho, la primera referencia escrita de la explotación es la de al-Razi (888-955), que coincide con la cronología de los escasos restos hallados en la cumbre y la de la ocupación de Batarna. Desde ese momento aparece como una explotación ligada a un territorio estructurado, el de la alquería de Batarna, que depende a su vez de Salonbino (Salobreña), es decir, que se integra en el distrito (iqlim) de Salawbiniya (27). Posiblemente es también una actividad ligada al comercio, tanto por las abundantes referencias transmitidas por los geógrafos como por la propia naturaleza del metal. No sabemos si en cambio estaría en relación o no con el cobre de la cercana localidad de Molvízar (Granada), donde se ha localizado una explotación prehistórica, pero no romana (28).

Tampoco sabemos si en Batarna se instalan árabes o no. Es una alquería creada ex novo sobre un asentamiento anterior de época romana que podría haber tenido una dedicación fundamentalmente comercial, ya que poseía unas salinas y un caladero que formaban parte de la importante red económica creada por la fábrica de salazones de Sexi (Almuñécar, Granada) (29). Las salinas presumiblemente continuaron en explotación, pero hay un cambio brusco en la organización del territorio, primero con la crisis del Imperio, que afectará de manera profunda a la industria pesquera de toda la costa, y después, a partir del s. VIII, con la instalación de los árabes. Aunque es difícil de fechar, se produce entonces una opción clara por una agricultura intensiva de regadío mencionada ya por el propio al-Razi.

Por otra parte, en el Cerro del Toro no se encuentran escombreras antiguas ni restos de fundición o escoriales. Tampoco se han localizado en el Maraute, pero la fundición podría haberse llevado a cabo en un lugar cercano a la alquería. No sería extraño, pues en el caso de Alquife (Granada) sabemos que al menos parte del mineral de hierro se llevaba hasta la ciudad de Guadix para su fundición (30). En la minería medieval parece que no se cumple siempre un principio de cercanía y de ahorro de trabajo y costes en el transporte de un material que es especialmente pesado y del que no se aprovecha más que una porción (el resto se convierte en escoria). Sería necesario un reconocimiento exhaustivo del territorio y del asentamiento de la antigua alquería para poder determinar donde se realizaba verdaderamente la transformación del mineral. Si es que aún subsiste, ya que el medio ha sido enormemente transformado, sería de extraordinario interés su excavación para determinar el tipo de explotación, la cronología y la relación con los procesos históricos altomedievales, especialmente con la formación de al-Andalus.

En cualquier caso, en las cercanías habría materia vegetal suficiente para los hornos (31), pero no podemos determinar si sería una fundición ligada con el uso de energía hidráulica también. Este extremo tampoco carece de importancia ya que en los casos documentados en el Zenete, anteriores al s. X, no es así. La mayoría están asociados a sitios de altura, o en los casos en que se encuentran en el pie de monte, su ubicación está siempre por encima de la línea de rigidez marcada por la acequia principal. Es decir, están fuera de los sistemas hidráulicos, creados a partir de la instalación de la población árabe llegada en el s. VIII, sistemas en los que si se integran otras industrias como, por ejemplo, los molinos.

Esto podría querer decir que se mantiene una tradición tecnológica y productiva heredada de época tardorromana, que podría haber continuado en buena medida en manos de la población indígena, ya fuera dimmi o muladi –—ya hemos hablado acerca de los intentos de controlar, o al menos fiscalizar esta producción desde el s. VIII y de la aparente continuidad tecnológica en la metalurgia de la cara Norte de Sierra Nevada–—. Esta situación se mantendría al menos hasta el final de la fitna en el s. X y puede que incluso algo más tarde, a lo largo de parte del califato. De cualquier modo, los Omeyas ejercerían ya entonces un efectivo control sobre la minería y la metalurgia difícil de precisar, pero que seguramente excedería la simple fiscalización. Este control se plasma en la cara Norte de Sierra Nevada en el proceso de concentración de la producción.

No obstante, esto no tiene por qué significar necesariamente una pertenencia o una explotación directa del Estado. Podrían haber sido comunales o privadas y en este caso se podría haber desarrollado un control de la producción a través del proceso de transformación, de la metalurgia (32). Esta podría ser una de las motivaciones del transporte del mineral para su fundición en lugares relativamente apartados del lugar de extracción.

Confiamos en que la próxima creación del parque geominero y forestal del Cerro del Toro permita un análisis más detenido de los restos arqueológicos conservados y que el avance de la investigación sobre la minería altomedieval pueda dar respuesta a algunas de los interrogantes planteados.

NOTAS

*Texto original publicado en PUCHE RIART, Octavio y AYARGÜENA SANZ, Mariano (ed.): Minería y metalurgia histórica en el sudoeste europeo. Madrid, 2005, pp. 333-344. Han sido suprimidas los caracteres de las transcripciones del árabe para la publicación electrónica.

publicado en : http://www.arqueologiamedieval.com/articulo.php?id=73

(1) Sobre la división administrativa en época andalusí véase JIMÉNEZ MATA, Mª Carmen: La Granada Islámica. Granada, 1990.
(2) MARTÍN CIVANTOS, José Mª: Poblamiento medieval y organización del territorio en el Zenete (Granada), en prensa.
(3) COHEN, Arón: Minas y mineros de Granada (siglos XIX y XX). Granada, 2002 y del mismo para el caso concreto de Alquife: El Marquesado del Zenete. Tierra de Minas. Granada, 1987.
(4) RUIZ MONTES, Manuel: “Minas y minería en Andalucía Oriental”, en FERRER, M., S.I. y MORA TERUEL, F.: Minerales de Granada. Sierra Nevada. Granada, 1991, p. 187 y MOLINA MOLINA, A. y RUIZ MONTES, Manuel: “Las mineralizaciones filonianas del complejo Nevado-Filábride (Cordilleras Béticas, España)”, Boletín Geológico y Minero, Vol. 104-106 (1993), pp. 21-39.
(5) PÉREZ MACIAS, Juan Aurelio: Las minas de Huelva en la Antigüedad. Huelva, 1998, p. 30.
(6) DOMERGUE, Claude: “Les techniques minières antiques et le De remetallica d’Agricola”, Minería y metalurgia en las antiguas civilizaciones mediterráneas y europeas. II. Madrid, 1989, pp. 88-94; PÉREZ MACÍAS, Juan Aurelio: Las minas…, pp. 207 y ss. y MARTÍN CIVANTOS, José Mª: Poblamiento…, en prensa.
(7) DOMERGUE, Claude: Les mines de la Péninsule Ibérique dans l’Antiquité Romaine. Collection de l’École Fran?aise de Rome, 127. Roma, 1990, pp. 177 y ss.
(8) PÉREZ MACIAS, Juan Aurelio: Las minas…, p. 32.
(9) Alcázar 01, Tuyina/Faruxa (Jérez del M.), Viñas Bajas 01 (Ferreira), Los Hornillos (Dólar), Cañadillas (Purullena), La Morisma (Valle del Zalabí), Cauzón (Cortes y Graena). MARTÍN CIVANTOS, José Mª: Poblamiento…, en prensa y BERTRAND, Maryelle, SÁNCHEZ VICIANA, José R. y ZUBIAUR MARCOS, Juan F.: “Mines et metallurgies médievales de la Sierra Nevada (region de Guadix, prov. de Grenade). Premieres dones”, en Actas de las I Jornadas sobre Minería y tecnología en la Edad Media peninsular (León, 1995). León, 1996, pp. 180-197, pp. 182-183.
(10) FRANCOVICH, Riccardo: Rocca S. Silvestro. Roma, 1991.
(11) MARTÍN CIVANTOS, José Mª: Poblamiento…, en prensa y BERTRAND, Maryelle, SÁNCHEZ VICIANA, José R. y ZUBIAUR MARCOS, Juan F.: “Mines…”, pp. 182-183.
(12) IBN AL-JA€IB: Al-Ihata, cita de LEVI-PROVEN?AL, E: “España musulmana”, en MENÉNDEZ PIDAL, R. (dir.): Historia de España, T. IV. Madrid, 1950, p. 70. 10.000 onzas equivalen a 276,5 kg y 10.000 libras a unos 4.500 kg según VALLVÉ BERMEJO, Joaquín: “La minería en al-Andalus”, en Actas de las I Jornadas sobre minería y tecnología en la Edad Media peninsular. León 1995. Madrid, 1996, pp. 56-64.
(13) AL-‘UDRI: Nusus ‘an al-Andalus min kitab Tarsi‘ al-ajbar…. trad. parcial SÁNCHEZ MARTÍNEZ, Manuel: “La cora de Ilbira (Granada y Almería) en los siglos X y XI, según al-‘Udri”, en Cuadernos de Historia del Islam, VII (1975-1976), pp. 5-82, pp. 67-68.
(14) AL-RAZI: Ajbar muluk al-Andalus. Trad. de CATALÁN, Diego y DE ANDRÉS, M. Soledad: Crónica del Moro Rasis. Versión del ajbar muluk al-Andalus de Ahmad ibn Muhammad ibn Musà al-Razi, 889-995; romanzada para el rey don Dionís de Portugal hacia 1300 por Mahomad, alarife, y Gil Pérez, clérigo de don Perianes Por?el. Madrid, 1974, p. 28. En las tres versiones de los documentos conservados se repite prácticamente la misma referencia. Ver tambían LÈVI-PROVEN?AL, E: “La “Description de l’Espagne” d’Ahmad al-Razi. Essai de reconstitution de l’original arabe et traduction francaise”, Al-Andalus, XVIII (1953), p. 67.
(15) Las diferentes versiones del manuscrito difieren en la grafía y el lugar también es denominado como Patera viva.
(16) GÓMEZ BECERRA, Antonio: El Maraute (Motril). Un asentamiento medieval en la Costa de Granada. Motril, 1992; del mismo: El poblamiento altomedieval en la Costa de Granada. Granada, 1998, pp. 208-226; del mismo, MALPICA CUELLO, Antonio y MARÍN DÍAZ, Nicolás: “El yacimiento medieval de El Maraute (Torrenueva, Motril, Granada”, Anuario Arqueológico de Andalucía, 1986, vol. III. Sevilla, 1987, pp. 139-146; del mismo y Antonio MALPICA CUELLO: “Excavaciones de urgencia en el yacimiento de El Maraute (Motril, Granada). Campaña de 1995”. Anuario Arqueológico de Andalucía/1995. Sevilla, 1999, tomo III, pp, 191-199 y RODRÍGUEZ AGUILERA, Angel y BORDES GARCÍA, Sonia: “Excavación arqueológica de urgencia en el Maraute (Torrenueva, Granada)”, Anuario Arqueológico de Andalucía 1998, vol. III. Sevilla, 2000, pp. 312.320.
(17) AL-IDRISI: Nuzhat al-Mustaq. Trad. AA.VV.: Geografía de España. Valencia, 1974, p. 92; AL-YAQUT AL-HAMAWI: Mu‘yam al-buldan. Trad. parcial ‘ABD AL-KARIM, Gamal: “La España musulmana en la obra de Yaqut (ss. XII-XIII)”, Cuadernos de Historia del Islam, VI (1974), p. 82; VALLVÉ BERMEJO, Joaquin: “Una descripción de España de Ibn Galib”, Anuario de Filología de la Universidad de Barcelona, I (1975), pp. 369-384, p. 372; AL-HIMYARI: Kitab rawd al-mi‘tar fi jabar al-aqtar. Trad. MAESTRO GONZÁLEZ, Mª Pilar. Valencia, 1963; Ed. y trad. LÉVI-PROVEN?AL, E.: La Péninsule Iberique au Moyen Âge d’après le “Kitab al-rawd al-Mi’tar f¶ Habar al-Aktar”. Leyden, 1938, pp. 136-137; AL-BAKRI: Kitab al-masalik wa-l-mamalik. Trad. VIDAL BELTRÁN, E.: Geografía de España. Zaragoza, 1982, p. 39.
(18)Una descripción del yacimiento en GÓMEZ BECERRA, Antonio: El Poblamiento…, pp. 2002-206.
(19) HIGUERAS, P.; FENOLL HACH-ALI, P. y RODRÍGUEZ GORDILLO, J.: “Geología, mineralogía y génesis del yacimiento de Pb-Zn del Cerro del Toro (Motril, Granada)”, Tecniterrae, VIII-44 (1981), pp. 65-76.
(20)Ver también GÓMEZ BECERRA, Antonio: Poblamiento…, pp. 203-206.
(21) GÓMEZ BECERRA, Antonio: Poblamiento…, pp. 459 y ss.
(22) PÉREZ MACIAS, Juan Aurelio: Las minas…, p. 30.
(23) TYLECOTE, Ronald: Metallurgy in Archaeology. A Prehistory of Metallurgy in the British Isles. Londres, 1962, pp. 53-55 y del mismo: A History of Metallurgy. Londres, 1979, p. 77.
(24) TYLECOTE, Ronald: A History…, p. 77.
(25) De hecho en algunos yacimientos bien estudiados como Rocca S. Silvestro (Italia) la blenda, asociada a mineralizaciones de galena argentífera y calcopirita, no se explota, sino que se considera una molestia en el proceso de fundición. FRANCOVICH, Riccardo: Rocca…, p. 79.
(26) IBN AL-JATIB: Kitab al-‘amal, p.74, cita de VALLVÉ BERMEJO, Joaquín: “La industria…”, p. 213.
(27) AL-‘UDRI: Nusus…, p. 56.
(28) El asentamiento de época clásica, la villa de la Loma de Ceres, parece estar ligado a la explotación agrícola y pesquera del territorio. MARÍN DÍAZ, Nicolás, HITA RUIZ, José M. y MARFIL RUIZ, Pedro: “Informe de la excavación arqueológica de emergencia en Loma de Ceres. 1987-1988. Molvízar-Granada”, Anuario Arqueolgógico de Andalucía 1989. Act. Urgencia III. Sevilla, 1991, pp. 220-227 y de los mismos: Molvízar en tiempos de los romanos. La Loma de Ceres. Granada, 1988.
(29) MALPICA CUELLO, Antonio: “Las salinas de Motril (aportación al estudio de la economía salinera del reino de Granada a raíz de su conquista”, Baetica, IV (1981), pp. 147-165.
(30) IBN AL-JATIB: Mi’yar al-ijtiyar fi dikr al-ma’ahid wa-l-diyar. Texto árabe. trad. y estudio por CHABANA M.K. S.1, 1977, pp. 130 y 131. Así sigue ocurriendo en época castellana, cuando además se construyen dos nuevas herrerías en los pueblos de Jérez del Marquesado y Lugros que se nutren del hierro de Alquife.
(31) MALPICA CUELLO, Antonio: Medio físico y poblamiento en el delta del Guadalfeo. Salobreña y su territorio en época medieval. Granada, 1996.
(32) Esta es una de las hipótesis planteadas para Rocca San Silvestro aunque en un contexto social diverso FRANCOVICH, Riccardo: “Per una storia sociale delle attività estrattive e metallurgiche: a propósito di alcune recenti ricerche archeologiche nella Toscana mineraria del medioevo”, en Actas de las I Jornadas sobre minería y tecnología en la Edad Media peninsular. León 1995. Madrid, 1996, pp. 19-35, esp. pp. 27 y ss.

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